ALGO SOBRE NAPOLEÓN

Cuando se lee un poco sobre hierro fundido, no dejan de aparecer historias y personajes que de repente cambian el tema y llevan a meterse en la vida de quienes ya no están con nosotros y sobre quienes se inventan miles de anécdotas.

Uno de esos personajes que se atraviesa en la historia del hierro, que me ha llamado la atención, es Napoleón Bonaparte. Independiente de sus méritos como militar, lo identificamos por su famoso sombrero bicornio, que lo usaba paralelo y no perpendicular a los hombros, para que lo reconocieran en el campo de batalla; su inconfundible parado con la mano dentro de su chaqueta y la frase: “Cuando China despierte el mundo temblará” … y sino, ¿Que tal el nuevo puente entre Hong Kong y Macao?

Lo que ignoraba de Napoleón eran sus gustos culinarios y sus excentricidades gastronómicas.

 

Dicen que la comida que servía Napoleón a sus invitados era preparada en la primera batería de cocina de aluminio. Era un lujo tal en esa época que varios nobles cambiaron sus vajillas de oro y plata por ese “raro, brillante y costoso mineral de moda” al que no le duró mucho el reinado, debido al descubrimiento de numerosos yacimientos y nuevas técnicas de extracción, lo que bajó considerablemente el precio y así mismo el gusto de los poderosos. Gusto que se definía por el valor y no por la estética o función, costumbre que no ha cambiado y lo seguimos viendo día a día en algunos personajes.

Definitivamente dicen que Napoleón no era un gran gourmet, era tosco y vulgar a la hora de comer, no tenía horarios, pero si cocineros que debían estar dispuestos a servirle a la hora del día o de la noche que él lo ordenara. No perdía tiempo comiendo, no tenía ningún ritual diferente a la voracidad y los modales no eran lo suyo. Ignoraba los cubiertos y comía con la mano, “sapoteaba” cada uno de los platos que le servían y aunque algunas veces quedaba de baño, sólo se cambiaba la ropa.

Charles Maurice de Talleyrand, ministro de Exteriores no estaba muy de acuerdo con las costumbres de Napoleón. A él se le atribuye esta bonita frase: “dadme cacerolas y os hare diplomacia”. Napoleón entendió, el castillo de Valençay se convirtió en sede para recibir altos dignatarios, y al descrestarlos con la cocina francesa clásica, lograron grandes éxitos diplomáticos y políticos.

 

Esperemos que las cacerolas fueran de hierro fundido, pues encuentro que le gustaban los guisos de carne y su preferido era el Ragú de cordero, que preparado en estas ollas queda espectacular, lo mismo que cualquier plato de cocción lenta.

Un plato que se le atribuye a Napoleón y que también debe quedar delicioso en una olla o sartén Victoria es el pollo Marengo. En junio de 1800, cuando Napoleón se disponía llevar a término una importante batalla al lado de la aldea Marengo, las tropas enemigas habían destrozado las cocinas y el chef tenía que servirle al general. Mandó buscar víveres, cortó en trozos una gallina, la frio, le agregó cebolla y ajo, después tomates y champiñones. Cocinó todo en vino y lo sirvió sobre pan acompañado de huevos y cangrejos. A Napoleón le encantó, le pusieron el nombre en honor al glorioso día y le quedó gustando, así que exigía que se lo sirvieran con frecuencia. Muy buen plato, pero sin duda hay que omitir los huevos y cangrejos y remplazarlos por unas buenas papas a la francesa.

Por: Mónica Restrepo Isaza

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